Universidad Industrial de Santander
Facultad de Ciencias Humanas
Escuela de Idiomas
Licenciatura en Español y Literatura
Didáctica de la Lengua Materna I
Abdalá Andrés García Martínez
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lunes, 8 de septiembre de 2014

NINFOMANÍA VS MI VECINO TOTORO

Con su cine y sus reglas, no sé si el realizador danés Lars Von Trier es un provocador inteligente o un alborotador excéntrico.  Lo cierto es que Lars Von Trier, proclama un arte formalmente más simple, alejado de los efectos especiales dominantes en el cine actual.

Es así que Von Trier, ofrece ahora una película: “Ninfomanía” (2013). Dicho filme es parte de una trilogía llamada “De la depresión”,  la película es la suma de situaciones distintas unidas por una mujer que le habla a un viejo solterón sobre su “yerro” de la hipersexualidad.
Aunque aún todavía se discute sobre si la ninfomanía es obsesión, adicción o compulsión. Lo cierto es que en el filme comienza a verse como pecado, con alguna misoginia. Luego sentimos que se nos lleva hacia otra explicación, gracias a la presencia del viejo, quien contagia el tema del sexo con otros, como el de la pesca.
Ese discurrir es lo mejor del filme, construido con diversas imágenes para salir de cualquier tedio. Es particularmente bien lograda la relación entre la música de Bach con los distintos tipos de acercamiento sexual, afín  con la mención de la literatura de Edgar Allan Poe, todo ello dicho con naturalidad, sin pedantería intelectual. No hay duda de que Lars Von Trier eslabona con acierto sus imágenes y, sobre todo, empalma mejor lo conceptual que va deslizándose entre lo iconográfico.
Asimismo, la relación entre culpa y ninfomanía o hipersexualidad se formula bien en esta parte, sin alardes  para expresar la búsqueda incesante del erotismo y del orgasmo. En este caso, se trata de la mujer, a quien la sociedad le niega la sexualidad que le permite al hombre desde una moralidad disfrazada.
De la misma manera, con buenas actuaciones (personajes bien diseñados), el filme construye una metáfora del arte, de la inteligencia. Se trata de la película con más fortuna en las ideas, y  en lo visual, para alegar que el erotismo aún es misterioso. Aquí, los diálogos son más transgresores que las imágenes sexuales.
De allí que para los espectadores, el hilo narrativo llega desde los dos personajes que conversan la mujer ninfómana y el viejo con sabiduría atenuada; pero, entre ellos, uno es narrador y otro no, en tiempos distintos. Ese es un interesante esquema  que, junto a lo demás aquí dicho, nos hace sentir que estamos  ante un cine con afán de ser buen cine, aunque por secuencias resulte disperso.

Por otra parte, no es difícil recordar el panorama de la animación japonesa de mediados de los años ochenta, en aquel tiempo no sabíamos, pobres ignorantes, lo que podía dar de sí, estéticamente hablando, esa prodigiosa industria, sin embargo, algunos privilegiados  pudimos ver una película creada en aquel país que nos deja asombrados “Mi vecino Totoro”, que descubrió un talento ahora premiado en festivales internacionales y venerado como un gran maestro del cine, que aquí firmó una de sus más hermosas películas.
 Esta bella película indaga con gran sensibilidad y compasión en los misterios, no siempre luminosos, a menudo lóbregos, que rodean la más esencial de nuestras etapas vitales, la que algunos definen como la verdadera patria del hombre.  Observa a la niñez como el paradigma de libertad absoluta, entendida no sólo desde un concepto físico y social, sino sobre todo desde un plano netamente imaginativo o, incluso, espiritual. Los niños como poseedores únicos y exclusivos del mundo tal como es, incluidos todos sus secretos, espíritus y dioses.
Pero la niñez no está exenta de oscuridad, que para el director  es el símbolo supremo de la infancia. La oscuridad o incluso la desesperación, consecuencia de lejanía o enfermedad de una madre, o de un cambio de residencia, traumas que las niñas intentan superar con la ayuda de un padre bondadoso y, sobre todo, de una naturaleza exhuberante, la verdadera protagonista de la película, capaz de refugiar a Satsuke y Mei, de divertirlas, de subyugarlas, de darles ilusión.
En cierto sentido, Totoro es una metáfora, un símbolo y una parábola al mismo tiempo. Representación de las necesidades y los anhelos más profundos de las dos niñas, fuerza liberadora de su aprendizaje emocional. Nos sentimos niños de nuevo es decir, libres de nuevo, siguiendo estas dos hermanas por esta peripecia contemplativa y lúdica, despojada de todo prejuicio y convencionalismo, que existe por el mero objetivo de hacer sonreír. Y como Miyazaki es un hombre de una vasta  cultura, que sabe aplicar ambos rasgos a una historia sencilla con unos personajes llenos de vida, sabe arrastrarnos al fondo de esta poca convencional historia de aprendizaje emocional sin formalismos y sin forzarnos a ir a donde no queremos. Porque queremos.
Con “Mi vecino Totoro” se dan la mano el poderoso minimalismo visual del autor, con un desaforado sentido de la fantasía, más basado en la filosofía oriental tradicional que en la tradición  audiovisual  de su tiempo, todo mezclado con una ligera base de panteísmo y exacerbado respeto por la naturaleza, pues para este cineasta es la conexión con la naturaleza, la aceptación de nuestra unión con ella, lo que nos salva, nos reconforta y nos hace libres, y los seres que en ella habitan los únicos que pueden guiarnos hacia es libertad.

Es una pena que este  mundo cinematográfico haya conocido tan pocas copias, y haya estado en tan pocas ciudades, muchas más personas debían poder tener la opción de verla en pantalla grande. 

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