Es así que Von Trier,
ofrece ahora una película: “Ninfomanía” (2013).
Dicho filme es parte de una trilogía llamada “De la depresión”, la película es la suma de situaciones
distintas unidas por una mujer que le habla a un viejo solterón sobre su
“yerro” de la hipersexualidad.
Aunque aún todavía se
discute sobre si la ninfomanía es obsesión, adicción o compulsión. Lo cierto es
que en el filme comienza a verse como pecado, con alguna misoginia. Luego
sentimos que se nos lleva hacia otra explicación, gracias a la presencia del
viejo, quien contagia el tema del sexo con otros, como el de la pesca.
Ese discurrir es lo mejor
del filme, construido con diversas imágenes para salir de cualquier tedio. Es
particularmente bien lograda la relación entre la música de Bach con los
distintos tipos de acercamiento sexual, afín con la mención de la literatura de Edgar Allan
Poe, todo ello dicho con naturalidad, sin pedantería intelectual. No hay duda
de que Lars Von Trier eslabona con acierto sus imágenes y, sobre todo, empalma
mejor lo conceptual que va deslizándose entre lo iconográfico.
Asimismo, la relación
entre culpa y ninfomanía o hipersexualidad se formula bien en esta parte, sin
alardes para expresar la búsqueda
incesante del erotismo y del orgasmo. En este caso, se trata de la mujer, a
quien la sociedad le niega la sexualidad que le permite al hombre desde una
moralidad disfrazada.
De la misma manera, con
buenas actuaciones (personajes bien diseñados), el filme construye una metáfora
del arte, de la inteligencia. Se trata de la película con más fortuna en las
ideas, y en lo visual, para alegar que
el erotismo aún es misterioso. Aquí, los diálogos son más transgresores que las
imágenes sexuales.
De allí que para los
espectadores, el hilo narrativo llega desde los dos personajes que conversan la
mujer ninfómana y el viejo con sabiduría atenuada; pero, entre ellos, uno es
narrador y otro no, en tiempos distintos. Ese es un interesante esquema que, junto a lo demás aquí dicho, nos hace
sentir que estamos ante un cine con afán
de ser buen cine, aunque por secuencias resulte disperso.
Por otra parte, no es
difícil recordar el panorama de la animación japonesa de mediados de los años
ochenta, en aquel tiempo no sabíamos, pobres ignorantes, lo que podía dar de
sí, estéticamente hablando, esa prodigiosa industria, sin embargo, algunos
privilegiados pudimos ver una película
creada en aquel país que nos deja asombrados “Mi vecino Totoro”,
que descubrió un talento ahora premiado en festivales internacionales y
venerado como un gran maestro del cine, que aquí firmó una de sus más hermosas
películas.
Esta bella película indaga con gran
sensibilidad y compasión en los misterios, no siempre luminosos, a menudo
lóbregos, que rodean la más esencial de nuestras etapas vitales, la que algunos
definen como la verdadera patria del hombre.
Observa a la niñez como el paradigma de libertad absoluta, entendida no
sólo desde un concepto físico y social, sino sobre todo desde un plano
netamente imaginativo o, incluso, espiritual. Los niños como poseedores únicos
y exclusivos del mundo tal como es, incluidos todos sus secretos, espíritus y
dioses.
Pero la niñez no está
exenta de oscuridad, que para el director es el símbolo supremo de la infancia. La
oscuridad o incluso la desesperación, consecuencia de lejanía o enfermedad de
una madre, o de un cambio de residencia, traumas que las niñas intentan superar
con la ayuda de un padre bondadoso y, sobre todo, de una naturaleza
exhuberante, la verdadera protagonista de la película, capaz de refugiar a
Satsuke y Mei, de divertirlas, de subyugarlas, de darles ilusión.
En cierto sentido, Totoro
es una metáfora, un símbolo y una parábola al mismo tiempo. Representación de
las necesidades y los anhelos más profundos de las dos niñas, fuerza liberadora
de su aprendizaje emocional. Nos sentimos niños de nuevo es decir, libres de
nuevo, siguiendo estas dos hermanas por esta peripecia contemplativa y lúdica,
despojada de todo prejuicio y convencionalismo, que existe por el mero objetivo
de hacer sonreír. Y como Miyazaki es un hombre de una vasta cultura, que sabe aplicar ambos rasgos a una
historia sencilla con unos personajes llenos de vida, sabe arrastrarnos al
fondo de esta poca convencional historia de aprendizaje emocional sin
formalismos y sin forzarnos a ir a donde no queremos. Porque queremos.
Con “Mi vecino Totoro” se dan la mano
el poderoso minimalismo visual del autor, con un desaforado sentido de la
fantasía, más basado en la filosofía oriental tradicional que en la
tradición audiovisual de su tiempo, todo mezclado con una ligera
base de panteísmo y exacerbado respeto por la naturaleza, pues para este
cineasta es la conexión con la naturaleza, la aceptación de nuestra unión con
ella, lo que nos salva, nos reconforta y nos hace libres, y los seres que en
ella habitan los únicos que pueden guiarnos hacia es libertad.
Es una pena que este mundo cinematográfico haya conocido tan pocas
copias, y haya estado en tan pocas ciudades, muchas más personas debían poder
tener la opción de verla en pantalla grande.


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